26 de diciembre de 2018

MORIR PARA DAR VIDA





- Papá, ¿tenemos un corazón? – Dijo Tommy al bajarse del autocar escolar con la misma ansia con la que lo hacía todos los días desde hacía ya cuarenta días exactos.

- No cariño, aún no – cada tarde la misma pregunta ahí empezaba y acababa la conversación sobre su madre cada día del mundo, aunque faltaba un detalle.

- No te preocupes papá seguro que pronto tendremos uno – le decía el niño dándole unas palmaditas en el hombro mientras su padre le cogía del último peldaño del autobús.

Padre e hijo volvían a casa por su precioso camino de baldosas marrones, en la puerta estaba Rosita como cada tarde, la persona que les ayudaba en casa desde mucho antes que su madre se hubiese ido, su madre era una importante abogada defensora de las causas perdidas, seguramente por tener un corazón tan grande le había pasado lo que le había pasado. Por eso Tommy estaba seguro de que su madre iba a volver porque alguien tan bueno no podía haberse marchado para siempre.

En los cuarenta días que su madre faltaba la casa estaba en silencio, cada día al llegar del colegio Tommy subía a su habitación y cogía su libreta – quiero la que tenga más hojas papá porque no quiero que mamá se pierda nada de lo que me ha pasado mientras ha estado fuera – y allí escribía con la mejor letra que podía la fecha del día, no le importaba que fuese martes o domingo, siempre escribía lo que le había pasado.

Querida mamá:

Hoy en el colegio todo ha ido muy bien, he sido bueno y el profesor no se ha enfadado conmigo, me ha dicho que he hecho muy bien los deberes de mates que ayer papi me ayudó a acabar porque las divisiones largas me cuestan mucho.

En el patio me he comido todo el desayuno que Rosita me ha preparado y eso que no me gustaba mucho, me pone dos piezas de fruta que ya sabes que no me entusiasma pero me la he comido.

Ahora estoy en casa, papá me va a llevar a comprar unas zapatillas para el cole porque las que tú me compraste se empiezan a romper y como él no sabe que número calzo como tú pues tengo que ir con él para probármelas, intentaré que no me gusten las más caras, ¿vale? Ya sé que no tengo que ser un niño caprichoso.

Compraron las zapatillas aquella misma tarde y cenaron los dos juntos hablando de su día, papá le explicaba lo que hacía en el hospital porque su papá era médico de niños y él le explicaba casi las mismas cosas que escribía en el diario para su madre.

Antes de acostarse su padre le leía un cuento y siempre se decían lo mismo antes de apagar la luz:

- ¿Tommy, va a volver mamá? – cada día cuando tenía que hacerle esa pregunta a su hijo, le entraban unas horribles ganas de llorar, pero el niño le había dicho que si lo deseaban en voz alta el corazón para mamá iba a aparecer muy pronto.

- Si papá, tan pronto encuentren un corazón para mamá volverá a casa – y cada noche mientras lo decía pasaba su diminuta manita por la cara de su padre.

El tiempo pasó y por fin un día ni mejor ni peor que el anterior el teléfono sonó justo cuando Tommy visitaba a su madre, justo mientras le hablaba y le cogía de la mano.

En la puerta apareció una mujer de pelo cano y moño perfecto, con dos rosas blancas en la mano  que le dijo al niño:

- El corazón que le van a poner a tú mamá es el de una mujer joven y buena, mi hija Carla. Por favor cuando tú mamá despierte dile que no podría tener un corazón mejor.

- Lo haré – dijo Tommy cogiendo las dos rosas que aquella mujer envuelta en lágrimas le estaba ofreciendo.

La operación salió bien, Tommy estuvo en casa mientras duró, sentado en el sofá en el que se sentaba su madre con un jarrón y las dos rosas blancas en él.

Cuando le llevaron al hospital para verla, se volvió a encontrar con aquella señora y sólo pudo articular unas palabras mientras la abrazaba y le daba las gracias por su generosidad.

El niño le dijo que se había secado una de las dos rosas blancas que ella le dio.


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