15 de septiembre de 2017

INVIERNO


Con el frío que ha llegado sin avisar que mejor que un relato de ficción que nos recuerde lo que se avecina,...espero que os guste.



Me despertaba por las noches siempre con la misma imagen, la extensión de nieve era infinita y a lo lejos se veía una casa de madera grande e imponente, o a mí me lo parecía por aquél entonces.

En el orfanato me vistieron con lo primero que encontraron, recuerdo que la mayoría de las prendas eran rojas menos la chaqueta de pelo que habría pertenecido a alguna niña rica que se había quedado huérfana como yo.

No recordaba la edad que tenía cuando llegué a aquél lugar, solamente que me habían tratado bien, el orfanato era un lugar gris y sucio donde niños y niñas compartían cama e infancia, siempre teníamos un plato de comida caliente pero lo justo para ir creciendo sin grandes alegrías.

El día que me vistieron de rojo supe que me iba pero siempre con la incertidumbre de no saber adonde. Cuando el pequeño autobús del orfanato iba subiendo las montañas mis nervios de niña iban aumentando en proporción a la pendiente.

Cuando ya no se podía subir más, la Señorita Asunción le dijo a Pelayo el chófer:

- Pelayo no podemos seguir, la dejaremos aquí, la casa se ve a lo lejos y tiene unas piernas fuertes, podrá caminar sin problemas. Venga Renata es hora de marcharte, tú familia te espera en aquella casa.

Pelayo siempre había sido un buen hombre, siempre amable con todos nosotros, nos hacía trucos de magia para hacernos reír. Me cogió de la mano antes de bajar las escaleras del autobús:

-       Renata, corre hacia tú libertad, una familia te espera para hacerte feliz, y nunca nunca mires atrás ni siquiera para ver mis trucos de magia, vuela libre pequeña.

Borré aquella imagen de mi mente para no sentir pena, dejé en aquél lugar a muchos amigos a los que no volvería a ver jamás, cuando creces siendo de nadie aprendes a dejar de sentir, las cosas no te afectan como cuando tienes cerca a una familia que te quiere.

Encendí la luz de la habitación y mamá apareció en la puerta:

-       ¿Qué te pasa Renata? – tenía cara de preocupada porque no era la primera vez que venía en mi ayuda en plena noche.
-       Nada mamá vuelve a la cama, otra vez la misma pesadilla, se me pasará enseguida.

Aquella mujer y su marido, mi padre me habían devuelto la alegría cuando de niña aparecí un buen día de invierno en su puerta con una farol y un vestido rojo. Aquellas dos personas estaban deseosas de tener un hijo y yo llegué para eso, para entregarme en cuerpo y alma al amor que me procesaban, todo fue muy fácil porque yo no pretendí cambiarles ni ellos pretendieron cambiarme a mí, pasamos meses observándonos sin descanso para saberlo todo los unos de los otros, no hubo preguntas del pasado, solamente mucho cariño, amor y ganas de que aquella situación funcionase.


Y siempre funcionó. Me lo dieron todo, una buena educación, un hombro sobre el que llorar y ahora quince años después la oportunidad de seguir mi camino y marcharme a estudiar la carrera que siempre quise estudiar fuera de mi ciudad, fuera de mi país, lejos de mi familia.

Las pesadillas no eran otra cosa que miedo a volver a empezar de nuevo y otra vez sola. No tenía ni idea de lo que iba a encontrarme y eso me provocaba terror.
Respiré muy hondo, me tranquilicé, y pensé en cosas buenas aquél fue el gran consejo que me dio mi padre cuando las pesadillas empezaron, él con su voz aterciopelada un día me dijo:

-       Renata aunque te vayas y vuelvas a estar sola, siempre tendrás un lugar al que volver, el lugar en el que vive tú familia, tu preciosa casa de madera rodeada de nieve en invierno y de amapolas en verano, amapolas rojas como el vestido que te trajo a nosotros un buen día. Piensa en ello cuando te sientas sola,…


FIN










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