24 de julio de 2017

BAILAR





Rita sabía que no debía hacerlo, cada tarde cuando entraba en la escuela de baile en la que limpiaba y en la que pasaba todas las tardes de su vida entre las ocho y las doce de la noche sabía que lo que hacía no estaba bien. Pero estaba sola, nadie podía verla y que diablos ella siempre quiso bailar.

Cuando era pequeña y durante algunos años sus padres, muy humildes, pudieron permitirse las clases de danza de su hija. Rita recordaba aquellos años como los más felices de su vida, era pequeña y a pesar de su poca memoria ella recordaba haber sido muy feliz, su moño perfectamente enrollado bajo la red que sujetaba su frondosa melena rubia, con aquellas pinzas que le agujereaban el cerebro a veces, las medias rosadas, sus pequeñas zapatillas que aún estaban en algún lugar en casa de sus padres, todo lo que significaba ballet la hacía sentir bien.

El dinero se acabó y con él las clases de baile, era estudiar o soñar y sus padres y la dureza de sus vidas lo tenían claro, Rita iba a estudiar una carrera, una carrera aburrida que no le interesaba lo más mínimo pero una carrera al fin y al cabo. Empresariales. Al acabar no encontró trabajo pero si un marido y un bombo, con 22 años y siendo madre había pocos trabajos que pudiese compaginar así que cuando le salió un trabajo de 20 horas a dos calles de su casa en una de las escuelas de baile más prestigiosas de la ciudad no lo dudó y dijo que si.

Tras dos años allí seguía tomándose el descanso de 20 minutos como una clase de baile, entraba en la gran sala y tras limpiar la barra cuidadosamente y barrer su elegante parquet y siempre antes de fregar el suelo Rita ponía el aparato de música y bailaba durante mas de quince minutos sonara lo que sonara, siempre con la certeza de que su único público era el enorme espejo que ocupaba toda la pared de la preciosa sala.

Hasta que un 23 de enero aquello cambió. Rita bailaba embriagada por la triste música que oía y haciendo caso omiso al mundo que la rodeaba, un mundo que aquél día no estaba vacío, aquél día la profesora de danza clásica se quedó un rato más a revisar la clase del día siguiente, quería ensayar algunos ejercicios pero al escuchar la música no pudo seguir y se dirigió a la sala en la que se encontraba Rita bailando con tanto sentimiento que había empezado a llorar, lloraba por la música y por los aplausos que nunca, creía ella, iba a oír.

La profesora se quedó discretamente mirando detrás de la puerta por una pequeña rendija que dejaba ver el menudo cuerpo de Rita bailar y bailar alrededor de la sala, observó como iba vestida, su horrible bata azul de limpiadora, sus zapatillas deportivas y su pelo recogido en una cola de caballo dejaban claro que no era ninguna alumna que se hubiese quedado a practicar. Pero si vio el sentimiento que ponía en lo que hacía, si vio sus manos perfectamente colocadas, si vio las posiciones de ballet que ella enseñaba a los más pequeños, si vio en definitiva a una bailarina.

Cuando la música cesó Rita se dio cuenta de que no estaba sola y se puso tan nerviosa que no supo que hacer, un escalofrío helado le recorrió el cuerpo y se quedó paralizada, fue la profesora la que rompió el hielo:

-       He visto como has bailado y me ha parecido que no es la primera vez que lo haces – necesitaba saber quién era aquél extraño ser vestido de forma aún más extraña pero que bailaba tan bien.

-       Lo siento soy Rita y soy la limpiadora, me he dejado llevar por la música pero no volverá a ocurrir – quería evitar a toda costa perder el trabajo y lo mejor era no comentarle que hacía aquello todos los días de lunes a viernes y antes de fregar el suelo.

-       Bien Rita la limpiadora, ¿podrías decirme quién te ha enseñado a bailar? – no quería bajar la guardia con aquella mujer de la que no sabía nada.

-       Tomé clases de baile pero lo tuve que dejar cuando era pequeña, mis padres no podían pagar las clases – igual dándole pena no le decía nada a su superior.

-       Rita quiero que vengas mañana por la mañana, te voy a hacer una prueba, quiero verte bailar delante de los profesores de la escuela, quiero que te vean. ¿Vendrás? – la profesora no se andaba con rodeos, clara y directa así era ella.

-       Pero, yo no puedo pagar esta escuela, tengo una hija pequeña y no me lo puedo permitir – quizás tantos detalles de su vida no eran necesarios.

-       Ya hablaremos del dinero, ven mañana a las 10 y no se hable más o quizás quieres que le comente lo sucedido a tu superior – golpe bajo, lo sabía, pero necesitaba estar segura que bajo aquella fea bata no había una gran bailarina y el miedo era la mejor manera de convencerla.

Rita no dijo nada más, continuó limpiando con su cerebro a mil por hora, dudas y miedos todos pero tras ellos esperanza e ilusión por algo que había querido toda su vida, por aquél sueño robado en pro de lo correcto.

A la mañana siguiente Rita se presentó vestida con la ropa que pudo encontrar por casa, unas viejas zapatillas que ni siquiera eran de danza y su pelo recogido en un moño como el que le hacía su madre. Al entrar en la sala en la que solía bailar sola vio que ese día no iba a ser así. Contó seis personas sentadas en una larga mesa.

-       Hola Rita soy la Directora de esta escuela, nuestra profesora de clásico ha insistido en que debíamos verte bailar y a eso hemos venido. Coge el atrezzo que hay bajo la mesa y prepárate para enseñarnos lo que sabes hacer – parecía que en aquella escuela a nadie le gustaba perder el tiempo.

Rita no dijo nada, cogió el sombrero negro que encontró bajo la mesa y cuando la música empezó a sonar se dejó llevar por un sueño.

Al acabar dejó el sombrero bajo la mesa y solamente pudo escuchar, - enhorabuena ya eres bailarina de esta escuela.









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