3 de julio de 2017

ATRACO




- ¡Ana! Cuando acabes con las cajas de cereales ves a frutería por favor, tienes algo que colocar – Ana se giró del susto que le dio su supervisora.

- Claro acabo en tres minutos y voy – a pesar del grito ella siempre se mantenía en su lugar, eran casi las cinco y tenía otras cosas más importantes en la cabeza que pensar en lo borde que era su jefa.

Ana siempre estaba pendiente del reloj cuando regresaba de su descanso para comer. A eso de las cinco siempre aparecía él, no sabía como se llamaba, ni que idioma hablaba ni siquiera si era heterosexual pero estaba locamente enamorada de aquél hombre, que debía tener unos veinte años más que ella, un día hacía ya unos tres meses le había visto aparecer por la puerta del supermercado y desde entonces no dejaba de pensar en él. Había sido un flechazo en toda regla.

Para ella solo era un trabajo alimenticio estudiaba a distancia la carrera que siempre había querido estudiar y el sueldo le permitía vivir y pagársela, estaba muy cerca de conseguirlo, último curso ya, aún no sabía si quería ejercer en la gran ciudad o en su pequeña ciudad pero eso dependía de si su enamorado algún día se fijaba en ella o no. Lo cierto es que nunca le había visto mirarla, lo cuál era frustrante, ella lo achacaba al feo uniforme que les hacían llevar  porque era imposible que alguien se fijara en ella. Aparte del uniforme era una mujer guapa, no demasiado alta pero perfectamente proporcionada y de lo que más orgullosa estaba era de sus enormes ojos verdes que quedaban escondidos tras el feo uniforme.

Aquél día cualquiera se estaba retrasando más de lo normal, los días que no aparecían eran deprimentes porque eran días perdidos, cuando le veía su cabeza empezaba a imaginar mil historias de cómo sería su primer encuentro, de cómo le seduciría con sus ojazos, en fin las horas en aquél aburrido y monótono trabajo le pasaban volando si tenía en lo que pensar.

Esa tarde la habían sepultado a una de las cajas, era lo que menos le gustaba, aburrido y encima en contacto con los clientes, como ella se desvivía por hacer bien su trabajo acababa agotada de tanto sonreír y derrochar amabilidad.

Tan inmersa estaba en lo que hacía que no vio como su amor entraba por la puerta principal, cogía su carro como todos los días y se dirigía a la sección de panadería. Se había preguntado muchas veces a qué se debía dedicar o se había dedicado porque quizás ya estaba jubilado , si no no debía faltarle mucho, no sabía que era lo que le gustaba de él, la mirada, sus zapatos o su reloj pero le gustaba eso lo tenía claro.

- Son 53, 50€ señora – le dijo a la viejecita que venía unas cuatro veces cada día, cuando trabajas en un supermercado te tienes que imaginar la vida de los clientes habituales para no morir de aburrimiento algún día estaba por preguntarle como se llamaba porque la veía más veces en una semana que a sus padres, aunque en realidad a sus padres no los veía nunca porque vivían a mil kilómetros de distancia. Aquella abuela debía vivir con su hija y para que no se aburriera y se sintiera útil la mandaba a hacer recados al supermercado de uno en uno, era una forma de mantenerla activa y entretenida.

Tan concentrada estaba en sus pensamientos que no se dio cuenta del hombre que acababa de entrar y se había puesto detrás de ella, no reaccionó hasta que noto un objeto punzante en su cintura y al darse la vuelta para ver lo que era el sujeto la agarró por la cintura y le tapó la boca.

- Dame todo el dinero de la caja o hoy no sales viva de aquí – que claridad en la expresión.

- Claro un momento, hay una persona de seguridad que ya debe venir hacia aquí – nunca sabemos como vamos a reaccionar en momentos de tensión y estaba claro que ella mal muy mal.

- ¡Que me des el dinero ahora!

- Bien, un momento no puedo abrir la caja sin haber marcado nada antes, ves, me tengo que agachar y darle a la palanca que hay en el suelo

- Pues hazlo no me cuentes tú vida

En lo que Ana se agachó y buscó con su mano la palanca se oyó un terrible golpe, Ana se levantó y su agresor ya no estaba, bueno estaba, pero tumbado en el suelo, a su lado había una lata de tomate y en la cabeza del hombre un enorme golpe, se giró para ver de donde había salido el proyectil y le vio a él, estaba allí de pie y le sonreía.

Ana fue hacia él y le abrazó y él le devolvió el abrazo.

- Vaya que puntería, le debo la vida, ¿cómo se le ocurrió hacer algo así?

- Te estaba mirando, en realidad siempre te miro cuando tu no me ves, y fue algo instintivo, cogí lo primero que pudiese ser utilizado como arma y lo lancé, he sido tirador de arco profesional así que tengo buena puntería.

Ana ya sabía a que se dedicaba su héroe, en realidad a partir de aquél día lo supo todo de él, no le importaba su edad, cada día que pasaba quería más a su salvador a su Robin Hood.



No hay comentarios:

Publicar un comentario