31 de julio de 2017

CARACOLES




Cuando era niña a mis padres mi abuelo mi hermano y a mí nos gustaba ir a buscar caracoles, buscar por el placer de buscar, llegábamos a casa remojados con el chubasquero empapados de agua y las botas hasta arriba. Lo dejábamos todo en el colgador para que se secase y mientras yo me iba a la ducha, el abuelo cambiaba los caracoles de bolsa y los pasaba a una bolsa verde de rejilla en la que ponía los pobres caracoles que se pasarían unos días comiendo harina para expulsar la baba y poderlos cocinar.

Cada vez que pasaba por la cocina veía a los pobres caracoles enganchados en la rejilla y en mi mente de niña, y sin saber muy bien el porqué había algo en aquella imagen que no me acababa de gustar.

Después, una vez cocinados sí me gustaba comerlos porque estaban arrugaditos y con salsita pero a medida que crecía lo que era una bonita excursión familiar pasó a ser un martirio, quizás un caracol sea un animal sin importancia pero para mí cada vez la tenía más hasta el punto que si la predicción del tiempo decía que iba a llover yo siempre esperaba que no fuese en fin de semana para no tener que salir a buscar a aquellas pobres criaturas para martirizarlas comiendo harina hasta que se quedaban sin babas y estaban listos para irse a la cazuela.

Conforme fui creciendo las salidas en familia fueron cada vez menos frecuentes y yo vivía más tranquila sin temer a las borrascas. La última vez que fuimos a buscar caracoles al bosque que teníamos cerca de casa ocurrió algo que me hizo detestar por completo la actividad.

Mi hermano pequeño se despistó un momento y se adentró en el interior de bosque, sólo le perdimos de vista un minuto y tardamos más de tres horas en encontrarlo, recuerdo la cara de angustia de mi padre, sus gritos llamando al bobo de mi hermano y las lágrimas de mi madre, cuando eres una niña no quieres que tus padres sean vulnerables, los papás de uno siempre tienen que ser personas fuertes y con soluciones que se muestren valientes en cualquier situación a la que un niño se enfrente por horrible que pueda ser o parecernos. El único que mantuvo la compostura era mi abuelo, el era un tipo duro que sabía desde la sabiduría que le proporcionaban sus muchos años que mi hermano iba a aparecer.

Cuando el niño apareció le pegué una colleja – niño que susto nos has dado, para la próxima excursión te ato con una cuerda – la pobre criatura lloraba desconsolada por el mal rato que había pasado perdido solo en pleno bosque, le abracé y le pedí perdón por la colleja y se me ocurrió algo para que aquello no volviese a pasar.

El abuelo volvió a colocar los caracoles en su bolsa verde como hacía siempre y los volví a ver aquella noche antes de irme a dormir.

A la mañana siguiente me desperté muy temprano y me vestí, salí cogiendo el chubasquero que el día anterior había terminado mojado y con el calor de la casa volvía a estar seco y me dirigí al bosque con algo en mis manos.

Al cabo de un rato volví a casa acalorada por el camino y porque no quería que se diesen cuenta de mi ausencia. Ya estaba hecho. Yo, una niña de 12 años había dado por finalizada con aquella acción una actividad de años, no iba a haber más caracoles empachados de harina en mi casa y mi hermano no se iba a perder más.

Cuando entré por la puerta, el abuelo me estaba esperando, me vio, tuvo claro lo que acababa de hacer y sin mediar palabra cogió la bolsa verde de mis manos y la hizo desaparecer, nunca más se habló del tema, nadie preguntó por los caracoles ni por la bolsa verde.

Sólo el abuelo supo lo que había pasado con ellos y nunca mientras vivió le contó a nadie nuestro pequeño secreto. Él en el fondo aprobaba lo que acababa de hacer y así me lo demostró con su silencio, ¿al abuelo también le daban pena los pobres caracoles o no quería que mi hermano, su nieto, se volviera a perder? Aquello era otro secreto,…




24 de julio de 2017

BAILAR





Rita sabía que no debía hacerlo, cada tarde cuando entraba en la escuela de baile en la que limpiaba y en la que pasaba todas las tardes de su vida entre las ocho y las doce de la noche sabía que lo que hacía no estaba bien. Pero estaba sola, nadie podía verla y que diablos ella siempre quiso bailar.

Cuando era pequeña y durante algunos años sus padres, muy humildes, pudieron permitirse las clases de danza de su hija. Rita recordaba aquellos años como los más felices de su vida, era pequeña y a pesar de su poca memoria ella recordaba haber sido muy feliz, su moño perfectamente enrollado bajo la red que sujetaba su frondosa melena rubia, con aquellas pinzas que le agujereaban el cerebro a veces, las medias rosadas, sus pequeñas zapatillas que aún estaban en algún lugar en casa de sus padres, todo lo que significaba ballet la hacía sentir bien.

El dinero se acabó y con él las clases de baile, era estudiar o soñar y sus padres y la dureza de sus vidas lo tenían claro, Rita iba a estudiar una carrera, una carrera aburrida que no le interesaba lo más mínimo pero una carrera al fin y al cabo. Empresariales. Al acabar no encontró trabajo pero si un marido y un bombo, con 22 años y siendo madre había pocos trabajos que pudiese compaginar así que cuando le salió un trabajo de 20 horas a dos calles de su casa en una de las escuelas de baile más prestigiosas de la ciudad no lo dudó y dijo que si.

Tras dos años allí seguía tomándose el descanso de 20 minutos como una clase de baile, entraba en la gran sala y tras limpiar la barra cuidadosamente y barrer su elegante parquet y siempre antes de fregar el suelo Rita ponía el aparato de música y bailaba durante mas de quince minutos sonara lo que sonara, siempre con la certeza de que su único público era el enorme espejo que ocupaba toda la pared de la preciosa sala.

Hasta que un 23 de enero aquello cambió. Rita bailaba embriagada por la triste música que oía y haciendo caso omiso al mundo que la rodeaba, un mundo que aquél día no estaba vacío, aquél día la profesora de danza clásica se quedó un rato más a revisar la clase del día siguiente, quería ensayar algunos ejercicios pero al escuchar la música no pudo seguir y se dirigió a la sala en la que se encontraba Rita bailando con tanto sentimiento que había empezado a llorar, lloraba por la música y por los aplausos que nunca, creía ella, iba a oír.

La profesora se quedó discretamente mirando detrás de la puerta por una pequeña rendija que dejaba ver el menudo cuerpo de Rita bailar y bailar alrededor de la sala, observó como iba vestida, su horrible bata azul de limpiadora, sus zapatillas deportivas y su pelo recogido en una cola de caballo dejaban claro que no era ninguna alumna que se hubiese quedado a practicar. Pero si vio el sentimiento que ponía en lo que hacía, si vio sus manos perfectamente colocadas, si vio las posiciones de ballet que ella enseñaba a los más pequeños, si vio en definitiva a una bailarina.

Cuando la música cesó Rita se dio cuenta de que no estaba sola y se puso tan nerviosa que no supo que hacer, un escalofrío helado le recorrió el cuerpo y se quedó paralizada, fue la profesora la que rompió el hielo:

-       He visto como has bailado y me ha parecido que no es la primera vez que lo haces – necesitaba saber quién era aquél extraño ser vestido de forma aún más extraña pero que bailaba tan bien.

-       Lo siento soy Rita y soy la limpiadora, me he dejado llevar por la música pero no volverá a ocurrir – quería evitar a toda costa perder el trabajo y lo mejor era no comentarle que hacía aquello todos los días de lunes a viernes y antes de fregar el suelo.

-       Bien Rita la limpiadora, ¿podrías decirme quién te ha enseñado a bailar? – no quería bajar la guardia con aquella mujer de la que no sabía nada.

-       Tomé clases de baile pero lo tuve que dejar cuando era pequeña, mis padres no podían pagar las clases – igual dándole pena no le decía nada a su superior.

-       Rita quiero que vengas mañana por la mañana, te voy a hacer una prueba, quiero verte bailar delante de los profesores de la escuela, quiero que te vean. ¿Vendrás? – la profesora no se andaba con rodeos, clara y directa así era ella.

-       Pero, yo no puedo pagar esta escuela, tengo una hija pequeña y no me lo puedo permitir – quizás tantos detalles de su vida no eran necesarios.

-       Ya hablaremos del dinero, ven mañana a las 10 y no se hable más o quizás quieres que le comente lo sucedido a tu superior – golpe bajo, lo sabía, pero necesitaba estar segura que bajo aquella fea bata no había una gran bailarina y el miedo era la mejor manera de convencerla.

Rita no dijo nada más, continuó limpiando con su cerebro a mil por hora, dudas y miedos todos pero tras ellos esperanza e ilusión por algo que había querido toda su vida, por aquél sueño robado en pro de lo correcto.

A la mañana siguiente Rita se presentó vestida con la ropa que pudo encontrar por casa, unas viejas zapatillas que ni siquiera eran de danza y su pelo recogido en un moño como el que le hacía su madre. Al entrar en la sala en la que solía bailar sola vio que ese día no iba a ser así. Contó seis personas sentadas en una larga mesa.

-       Hola Rita soy la Directora de esta escuela, nuestra profesora de clásico ha insistido en que debíamos verte bailar y a eso hemos venido. Coge el atrezzo que hay bajo la mesa y prepárate para enseñarnos lo que sabes hacer – parecía que en aquella escuela a nadie le gustaba perder el tiempo.

Rita no dijo nada, cogió el sombrero negro que encontró bajo la mesa y cuando la música empezó a sonar se dejó llevar por un sueño.

Al acabar dejó el sombrero bajo la mesa y solamente pudo escuchar, - enhorabuena ya eres bailarina de esta escuela.









17 de julio de 2017

AUTOBUS

Seguimos con los relatos cortos de ficción, todos han sido escritos por mí, todos son ficticios, los personajes que en ellos aparecen no se parecen a nadie que me rodee, por suerte en algunos casos, pero a veces las cosas que les pasan a esos personajes nos pueden resultar familiares.




Los miércoles no le gustaban, las asignaturas eran pesadas y aburridas y los profes unos auténticos tostones. Siempre estaba tentada de hacer campana, llamar a cualquier compañera, convencerla, que no hubiese sido difícil, y pasar el día tomando el sol en algún parque de su preciosa ciudad.

Pero su recta y disciplinada educación le impedían hacer algo considerado “mal hecho”, así que se acurrucó en el asiento del autobús que cada mañana cogía a las seis cuarenta y cerró los ojos. La última parada antes de salir hacia la autopista era la que más gente recogía, ella siempre dejaba su preciosa maleta en el asiento de al lado con la esperanza de ir sola, pero ese día no fue así:

- Perdona,….

Abrió un ojo y vio a un chico un poco mayor que ella con cara simpática que le pedía que quitara su maleta para sentarse.

- Si claro, perdona – de nuevo su esmerada educación entraba en acción

No pudo ver su cara demasiado bien solamente sabía que iba a ir estrecha todo el viaje por su culpa, seguro que quedaban asientos más atrás, que manía con sentarse tan cerca de la puerta.

Salieron a la autopista y cerró los ojos. Notaba la pierna de su compañero de asiento, apoyada en la suya y no podía evitar sentir algo extraño que no solía sentir, no sabía lo que era pero no pudo descansar intentando no tocarle. Él se bajó en la primera parada, así que solo alcanzó a verle por el rabillo del ojo. Era moreno y tenia el pelo alborotado sólo pudo ver claramente que llevaba una mochila muy chula.

Las aburridas clases del miércoles transcurrieron tal cual, sin sobresaltos ni sorpresas que hicieran cambiar la idea que tenía de ellas. Al acabar se fue a la biblioteca, siempre le gustó aquél lugar, un lugar tranquilo donde podía descansar la mente de ruidos, y concentrarse únicamente en leer y estudiar, no podía entender porqué la gente usaba auriculares con música en la biblioteca, no tenía ningún sentido.

Pero ese miércoles era distinto porque no podía quitarse de la cabeza a su misterioso compañero de autobús. Se preguntaba una y otra vez si al día siguiente también cogería el mismo autobús, y si se sentaría a su lado, ella una chica de pueblo no le había visto nunca y sólo sabía que tenía muy buen gusto para las mochilas.

Al día siguiente llegó puntual a la parada como siempre, subió esperando que en la siguiente apareciese su misterioso compañero de mochila súper guay.

Estiró su largo cuello cuando el bus se detuvo en la parada donde él había subido el día anterior, miró a cada una de las personas que subieron aquél día pero él no estaba,…

Un día más estiró su cuello pero de entre todas las personas que subieron ninguna era él,…

Un día más  ninguna era él,…

Ninguna,…

Nunca más le volvió a ver, pero sabía que si el destino le hubiese dado alguna oportunidad aquella persona hubiese formado parte de su vida, porque lo que sintió aquél día no lo volvió a sentir jamás.

Pasaron los años y siguió estudiando su carrera, y siguió cogiendo el autobús y siempre levantó su largo cuello al llegar a su parada, y conoció a un hombre bueno y se casó con él, y cuando iban al cine a la gran ciudad seguía levantando su largo cuello en su parada. Y tuvo tres hijos y cuando los llevaba al médico a la gran ciudad seguía levantando su largo cuello en su parada.


El destino solo le dio una oportunidad de guardar en aquella preciosa mochila un recuerdo y lo guardó mientras vivió como un precioso tesoro…..



9 de julio de 2017

AUSENTE


Seguimos con la serie de relatos cortos de ficción,...




Ausente te siento cuando me miras, ya no hay nada en tus ojos que me recuerde cuando aún estabas aquí.

Recuerdo cuando te vi por primera vez, me hiciste sentir como si yo fuera la mujer más importante de la tierra, me mirabas y mi corazón palpitaba más de lo normal, no recuerdo en qué momento empezaste a ser especial, sólo recuerdo tus mensajes y cuánto los anhelaba, cuando me decías que me echabas de menos y me alegrabas el día y la vida.

Siempre te quise yo más a ti que tu a mi, ese fue mi error, quizás te cansaste justamente por eso, te fuiste alejando poco a poco hasta que desapareciste y de repente ya no estabas, te buscaba durante la noche y nunca encontraba tú mano, te buscaba durante el día y nunca estabas, se acabaron los mensajes diciendo te quiero, se acabaron las llamadas para saber que tal me iba el día.

Y por fin ni siquiera aparecías por casa, siempre ocupado en ese trabajo que nunca supe muy bien en qué consistía, reuniones, viajes y cuando volvías parecía que no te hubieses ido, ni un abrazo, ni un beso, me contabas el primer rollo que se te venía a la cabeza y yo hacía ver que me lo tragaba y que me gustaba porque en el fondo tus ausencias dejaron de importarme, casi prefería cuando no estabas porque era dueña de mi vida.

Las rutinas con los niños, tus hijos, que nunca te importaron un comino y accediste a tener porque yo te lo pedí, eran mucho más fluidas cuando faltabas y cuando me preguntaban cuando ibas a volver yo siempre les decía - muy pronto pequeños, porque a papá le gusta más estar en casa que de viaje - pero no era verdad, tu preferías estar por ahí, ¿sólo? Esa es la gran pregunta, o acompañado de alguna tipa de la oficina, o quizás pagabas por sexo porque ni siquiera eras capaz de llevarte a una mujer a la cama haciendo valer tus encantos.

Creo que en el fondo te ausentaste de ti mismo, tu redujiste tu vida a nada, te dejaste llevar por algo llamado desidia y ahí sigues, y las veces que intenté llegar a ti me topé con un escudo de infra héroe con el que no se puede luchar, así que mira, ahora que ya no estás no les diré a los niños la verdad,  aunque lo que me apetezca decirles sea - papá no está porque se dejó morir, porque era un cobarde que no tuvo el valor de luchar ni por su familia ni por él mismo, pero les mentiré una vez más y les diré que les querías.


Y cada mes como hoy llevaremos flores a una tumba con un ser vacío dentro, porque ellos no tuvieron la culpa de tener un padre que no les quiso, pero vivirán pensando que si, porque con un corazón roto en la familia ya es suficiente.