1 de noviembre de 2015

CUANDO LOS HIJOS CRECEN,...

Simón no recordaba cuando empezó a ir al pequeño pueblo de montaña al que  iba cada verano e incluso algún día de invierno con su familia, solía preguntarle a su madre - ¿mamá cuando empezamos a venir? Su madre le contestaba con paciencia, Simón tú hermano era un bebé, ¿no te acuerdas de nada? Ya no me acuerdo, solía contestarle, pero de lo único de lo que estaba seguro era de que allí siempre se había sentido libre, el asilvestramiento era total, y ningún año era igual al anterior, nunca se repetían las mismas caras, nunca el mismo clima, nunca el mismo paisaje pero si la misma sensación de paz y felicidad.

Simón tenía ya diez años aquél verano y aunque la estancia iba a ser corta por el trabajo de sus padres las ganas de llegar eran tan inmensas como cada año. Con la seguridad de que iban a estar todos sus amigos, no veía el momento de llegar y apenas pudo dormir durante el viaje a pesar de la insistencia de su madre que se veía venir las largas noches de verano y la desaparición total de horarios y rutina.

Por fin cogieron la última subida, los últimos dos kilómetros hacia la libertad, las curvas, el sonido del río, el inmenso paisaje verde que se extendía ante él. ¿Cuántas aventuras le esperaban en aquél pequeño pueblo donde residían apenas seis habitantes en invierno?


Al llegar había niños en la calle, todos conocidos, ninguno de su edad, la magia de un lugar en el que como mucho hay doce niños es que no importa la edad, todos juegan juntos, los mayores cuidan y protegen a los pequeños y todo sin saber muy bien porqué funciona a las mil maravillas, algún chichón que otro y poco más,...

Simón saltó del coche con su hermano y sus padres les perdieron de vista mientras iban a subir las maletas al apartamento que habían alquilado.

Algunas caras eran conocidas otras no, entre sus amigos de cada año un poco más mayores había dos caras nuevas, niñas concretamente, debían ser un poco mayores que él, Simón no les prestó mucha atención en un principio, bueno eras dos niños más con los que iba a jugar, ¡mejor lo iban a pasar!

Esa misma tarde lo pasaron genial jugando todos juntos, esas dos niñas eran amigas de Clara una niña que Simón conocía desde que era muy pequeño, una de ellas era pizpireta y resultona, intentaba hacerse notar todo el tiempo y jugaba a intentar pillar a Simón todo el rato.

Esa noche cenaron todos juntos, todo el pueblo junto, unas ochenta personas en total, el pueblo entero se volcaba en la fiesta mayor, todas las actividades por simples que fueran se convertían en algo divertido, y mientras los mayores hacían y organizaban todo, los niños y las niñas del pueblo jugaban a cualquier tontería, todo era divertido. Pero lo que se había convertido en muy divertido era hacer tonto delante de las niñas. Simón sentía que aquellas niñas eran divertidas y hacían que él se sintiera bien.

Después de cenar empezó el baile y todos los niños se sentaron a mirar como aquellas niñas mayores y con ganas de llamar la atención se contoneaban al ritmo de las canciones más modernas. Simón era muy bailongo pero no se movió de su silla, su enorme vergüenza le impedía moverse aunque no podía evitar mover el pié al ritmo.

En un momento Simón salió fuera a tomar el aire, aquél humo con olor a chicle le impedía respirar bien. Mientras miraba a las estrellas oyó una voz tras de sí:

- Hola Simón - 
- Aaaah hola,....Sus manos empezaron a sudar que corte estar allí solos
- ¿No te gusta bailar? - una pregunta muy trascendental
- Bueno, no es que me da verguenza,... - no sabía que decir
- ¿Tienes novia? - la niña iba al grano
- Noooooo, que va,... - ahí si fue claro
- ¿Entonces nunca has besado a una chica? - la cosa iba a peor cada vez más
- Pues no claro,... - tenía muchas ganas de irse de allí
- Pues si quieres te beso y así pruebas,... - ¿como?
- No no hace,... - no pudo acabar, aquella niña se le abalanzó encima y puso sus labios en los de Simón.

El niño se quedó tan parado que estuvo dos minutos con cara de bobo, la niña volvió al baile, Simón se estaba haciendo mayor, lo sabía y lo sentía, desde un rincón su madre que vio la escena, sintió un escalofrío por todo su cuerpo, su niño se estaba haciendo mayor y eso la llenaba de tristeza y alegría a partes iguales, cada etapa en la vida de un hijo tiene algo especial, cada etapa te pone triste por lo que se queda atrás y te alegra por lo que está por llegar. 

Lo importante de esta historia es vivir con ganas e ilusión todo aquello que va llegando porque de eso se trata la vida de vivir sin parar, saltar lo malo y darse un chapuzón en lo bueno.








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