25 de abril de 2012

AQUÍ NO SE MATA NI UNA MOSCA

La verdad es que si en algo soy pesada en la educación  que intento darle a mis hijos es en la casi obsesión por que traten a todo lo que se menea e incluso lo que no, una margarita también entra en el conjunto, con el mismo respeto.



Hace un tiempo compramos una ranita que pusimos a compartir pisito con los peces de colores, pero claro tuvimos que montar un tejadito para que cuando la rana saltase no saltase fuera de la pecera, y por desgracia lo que evitamos con tanto ahínco acabó pasando igualmente y un día me la encontré panza arriba en el cuarto de jugar de los niños seca como la mojama.




Así que cuando un familiar nos regaló hace unos meses dos renacuajos, tenía muy claro que debíamos hacer lo posible para que viviesen felices cuando se convirtiesen en ranas.



Ese momento pasó hace unos días, y una incluso ya había perdido la cola y era una auténtica rana, así que esta tarde hemos cogido a los niños y a las dos casi ranas y las hemos llevado a un parque cercano que tenemos no lejos de casa donde hay un laguito perfecto donde van a ser muy felices.



Allí las hemos dejado y allí esperamos que vivan con otras ranas y bichos, que es, al fin y al cabo donde deben estar.




Mis hijos aprenden rápido lo que es cuidar a los animales, primero porque viven rodeados de ellos y segundo porque de las experiencias siempre se aprende. Cuando Pepe era muy pequeño quiso traerse todos los bichos que cazó una mañana en la playa para casa, le dijimos que no que se iban a morir pero él erre que erre así que decidimos que se diera cuenta por si solo del error que cometía, y así fue, a la mañana siguiente todos excepto uno de los bichos había muerto por la falta de corriente de agua, y ya ves a Pepe y su padre devolviendo al único superviviente a las 7:30 de la mañana al mar, salieron pitando en moto de casa y consiguieron que llegase vivo.




Nunca más han pedido traerse bichos a casa. Lección aprendida.



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