12 de junio de 2018

RELOJ


Lucas siempre huía al mismo lugar, a un minúsculo pueblecito del Pirineo dónde su padre conservaba la casa que había pertenecido a sus abuelos, apenas se había abierto dos o tres veces en los últimos diez años y eso solamente ocurría cuando Lucas necesitaba estar solo.

Aquél lugar le transmitía mucha paz porque recordaba los felices veranos que su enorme cantidad de primos y él mismo habían pasado rodeados de naturaleza y cosas simples. Familia, buena comida y muchas aventuras, eso era lo único que recordaba y al lugar al que siempre tenía ganas de volver.

Lucas era un gran escritor. A sus 42 años era un soltero codiciado, sus libros se vendían en todo el mundo desde aquél primer Best Seller cuando tenía 28 años. A aquél primer éxito siguieron muchos más con lo que podía permitirse vivir sin escribir el resto de su vida.

Normalmente se retiraba cuando tenía un desengaño amoroso, cuando la chica del momento había hecho mella en su corazón y de repente se iba, tenía éxito entre las mujeres porque era un hombre apuesto y muy simpático pero ninguna hasta ese momento había decidido quedarse para siempre.

Pero aquella vez era distinto, su padre acababa de morir y sabía que la inmensa pena que le inundaba sería menor si estaba en aquella casa, necesitaba rodearse de todas las cosas que le recordaban a él, su madre les había abandonado cuando él tenía cinco años así que él volcó todo su amor en su padre.

Suerte que llegaba por la mañana porque la casa en Marzo estaba congelada, después de tener abiertas las ventanas durante una hora para ventilar puso la calefacción al máximo y salió a respirar aire puro.

El pueblo parecía abandonado, todas las casas estaban cerradas aunque le constaba que aún vivían en él algunas familias que quizás sólo venían en verano.

Cuando volvió a casa sacó del garaje el viejo Land Rover y aunque le costó, consiguió ponerlo en marcha, al lado del asiento del copiloto había un enorme paquete en que ponía Lucas escrito con un rotulador negro y la inconfundible letra de su padre, no le dio más importancia, pensaba quedarse un mes así que mejor ir a comprar provisiones cuanto antes. Una vez lo tuvo todo guardado en la alacena y la nevera cogió una manta y sacó el paquete del viejo coche, se sentó en la silla de madera de la terraza de la casa y lo abrió con sumo cuidado.

Dentro había un sobre, un reloj de cuco y otro paquete más pequeño.

En el sobre una carta de su padre:

Lucas se que me muero y si lees esta carta seguro que ya estoy muerto, te conozco tan bien hijo mío que sé que en cuanto eso ocurra vendrás a esta casa porque aquí eres feliz. No estés triste, hemos sido felices el uno con el otro pero antes de morir vine aquí a escribir esta carta, quiero hablarte de tu madre, toda la vida has pensado que se fue y nos abandonó y nunca me preguntaste nada sobre ella, cosa que te agradecí enormemente, pero ahora tienes que saber la verdad, tú madre nos dejó porque se moría, y no soportaba decírtelo, decidió irse sin hacer ruido prefería que la odiases a que la llorases y yo lo respeté.

Tú madre era una gran mujer, lo que más me gustaba de ella es que me hacía reír todo el tiempo, este reloj de cuco era suyo, es muy antiguo, quiero que lo tengas y la recuerdes, a ella le encantaba cuando daba las horas y siempre lo tuvo en funcionamiento, espero que tú hagas lo mismo, en el paquete hay fotos de nosotros desde que naciste hasta que se fue.

En este punto de la lectura las lágrimas y mocos de Lucas caían en la carta corriendo la tinta, intentó secarlas y siguió leyendo:

Te quería más a que a nada en este mundo pero aceptó su destino con valentía, su corazón estaba enfermo y sabía que en cualquier momento se pararía y así fue. Quería ahorrarnos el dolor de verla morir así que no la odies, tienes toda una vida para aprender a quererla de nuevo, para mirar sus fotos e intentar descifrar como te parecías a ella, sólo un detalle más para que entiendas la clase de mujer que era y empieces a reconciliarte, unos días antes de irse cuando ya estaba muy débil solía bromear sobre su enfermedad diciendo:


Sucedió porque no diste suficiente cuerda al reloj de cuco.

27 de abril de 2018

QUÉ HAGO YO AQUÍ



Durante todo el tiempo que llevaba en aquella abrumadora ciudad se había sentido millones de veces de aquél modo.

Llegó con una maleta llena de sueños y con el dinero que sus padres habían ido ahorrando desde el día que nació.

- ¿Seguro Rita? ¿Tienes claro en qué quieres invertir ese dinero? – le dijo su madre meses antes de marcharse.

- Mamá déjame intentarlo, y si no lo consigo te prometo que te devolveré hasta el último céntimo trabajando en otra cosa, pero sabéis que este es mi sueño, lo que siempre quise, y siempre me dijisteis que no me conformara con menos – su rotundidad había convencido a sus padres, que tenían toda la confianza en su hija pequeña.

Cuántas mañanas Rita recordaba aquellas palabras, mientras se duchaba y se preparaba un café para coger fuerzas y salir a aquella jungla de ciudad que había escogido para triunfar. Las mañanas en las que tenía una audición eran emocionantes porque nunca sabía lo que pasaría y nunca perdía la esperanza. Pero en las que no había audición eran monótonas y difíciles, por suerte a ella siempre le gustó escribir y cuando no ensayaba, hacía deporte o quedaba con amigos, escribía. Les escribía cartas a sus padres en las que les contaba con todos los detalles su día a día en Nueva York.

“papás esta ciudad se te come, su ruido, su gente, sus colores, sus olores, esa pasividad ante lo que pasa a tú alrededor, da igual que dos hombres se peguen, da igual que a una mujer mayor se le desparrame la compra por el suelo, da igual que los bomberos pasen 125 veces cada día, nadie separa a los que se pegan, nadie ayuda a recoger la compra de esa señora, nadie se fija en que el bombero de la tercera ventanilla del camión es el hombre más guapo que he visto en mi vida, y a mí que me fijo en todo porque soy de pueblo y los de pueblo nos fijamos en todo lo que ocurre a nuestro alrededor porque tampoco pasa tanto, a mí papás, esta ciudad me queda grande”.

La última audición había ido bien y aún no la habían llamado para decirle si o no, así que aún había esperanza, esos días posteriores la ilusión era otra, el café sabía distinto, Central Park era más verde y lo que escribía era mucho más alegre.

“hoy voy a ir  correr a Central Park, es el único lugar de esta ciudad en el que me siento un poco como en casa, bueno no, miento, la biblioteca de la Universidad de Columbia me recuerda a casa, y no porque se parezcan porque son bien distintas, pero tienen algo, quizás sean los libros alineados en las estanterías que al fin y al cabo y estén escritos en el idioma que estén escritos, son libros, creo que me he ido del tema, me voy por las ramas y nunca mejor dicho me voy de las ramas de Central Park, hoy estoy contenta porque aún no sé si me dan el papel o no, así que, como os decía iré a correr, aguanto unas dos horas, he mejorado mucho, ¿os acordáis cuando empezaba  que no aguantaba ni diez minutos seguidos? Y mirad ahora”
Antes de ir a correr acababa de recordar que tenía que hacer una gestión burocrática referente a su visado, así que se vistió con ropa no deportiva, cogió su mochila y salió a la jungla.

Cuando cruzó un semáforo oyó casi por casualidad el teléfono.

- ¿Si? – dijo tapándose el oído libre para escuchar lo que le iban a decir.

- ¿Es usted Rita? – le preguntó una voz al otro lado.

- Si, si, ¿quién es por favor? – tenía que ser de la audición seguro.

- Llamamos en referencia a la prueba que hizo el martes para hacer de campesina en la Bella y la Bestia, sentimos comunicarle que no le hemos dado el papel, pero le agradecemos su participación en el casting. – no podía ser verdad.

En aquél momento se sintió como un estúpido payaso, con su nariz roja destacando por encima de las cabezas de todas aquellas personas que la hacían sentir diminuta cada día de su vida desde que aterrizó en esa ciudad deshumanizada donde los sueños y su corazón se rompían cada vez que una voz al otro lado del teléfono le decía NO.

Pero no iba a desfallecer, no se iba a conformar con mil noes, iba a luchar por cumplir su sueño, Nueva York no iba a acabar con ella, ella iba a triunfar y se iba a levantar todas las veces que hiciese falta. Se negaba a aceptar que había perdido.

“yo voy a cumplir mi sueño antes o después”



18 de febrero de 2018

PRIMERA




-Primera – primera planta de las veinte que subía y bajaba cada día Lola para llegar al altísimo despacho de oficinas en el que trabajaba.

Aquella mañana tenía más sueño de lo normal, tomar una copa con sus amigas entre semana no había sido la mejor de las ideas. Bostezó cubriéndose la boca para no molestar al señor que tenía a dos milímetros, intentaba no tocarle lo más mínimo, tendrían que escalonar los horarios de entrada en las oficinas, pero no, todos a las nueves en punto, cada mañana Lola pensaba lo mismo.

Por fin llegaron a la planta quince y allí se bajó casi todo el mundo, Lola se arregló su aburrida chaqueta y se cambió el maletín y su bolsa de comida de mano. Sólo se quedó en el ascensor un señor y ella.

- Madre mía cuánta gente cabe en este ascensor, si un día se estropea en hora punta no me lo quiero ni imaginar – como era de buena educación mirar a las personas cuando te hablan, se quedó mirando a su único acompañante con una leve sonrisa. Era alto y fuerte y llevaba un bonito e impecable traje con un pañuelo rojo igual de impecable. Su maletín era de una marca carísima y sus zapatos ingleses dejaban ver un poco sus calcetines que eran del mismo rojo que su pañuelo.

- Si, espero que eso nunca ocurra, no me lo quiero ni imaginar – justo le contestó para ser simpática y el ascensor se paró de forma tan brusca que sin quererlo se abalanzó sobre él sin poder evitarlo, suerte que no llevaba puestos su tacones porque si no hubiese ido a parar encima de él en modo plancha.

- Vaya lo siento, es lo único que alcanzó a decirle, mientras le arrugaba su perfecto pañuelo rojo – en ese momento sentía sus mejillas del mismo color.

- No se preocupe, creo que se ha parado, en mala hora se me ha ocurrido decir lo que he dicho, ¿verdad? su sonrisa era maravillosa y a pesar de su porte parecía que no se había enfadado con ella.

- Bueno al menos estamos solos – cuando se ponía nerviosa le daba por decir estupideces, claro hombretón estamos solos encerrados en un ascensor y ahora ya podemos bailar un vals,…

- Eeehmm si, hay que ver el lado bueno de las cosas – que simpático y que bien le caía y eso que no sabía absolutamente nada de él.

- ¿Le faltaba mucho para llegar a su planta? – no sabía que decirle que situación más embarazosa.

- Pues tenía una reunión en la planta veinte con el Sr. Jackson – vaya era el Director General de su compañía en la que ella trabajaba como Assistant de Dirección de otro de los jefazos.
- Yo trabajo en la planta veinte, el Sr. Jackson es nuestro Director General – empezaba a hablar como una persona normal por fin.

De repente una voz sonó a través del altavoz del ascensor, la voz les dijo que no se preocuparan pero que la avería era grave y estaban haciendo lo posible para sacarles de allí, que tuvieran paciencia y guardasen la calma.

- Vaya parece que esto va para rato, me voy a sentar con su permiso, ¿me quiere acompañar?  - se iba a poner el traje perdido, y ella también pero por suerte llevaba pantalones así que sentarse no iba a ser ningún problema.

- ¿Porqué no? Tengo la comida del mediodía y agua, creo que aparte de café no nos falta de nada – se estaba relajando por momentos, aquél hombre la hacía sentir realmente bien.

- Perdone la indiscreción, tiene usted un precioso acento, ¿de dónde es? – educado era un rato, porque su acento podía ser muchas cosas pero precioso no era.

- Mi acento no es precioso, soy española llevo viviendo tres años en Nueva York, y aún tengo acento, eso no es bueno – le dijo haciendo una mueca con su boca.

- Bueno no sabía de dónde era usted así que no es malo y sí es un acento precioso, entre español y británico, mucho más elegante que el acento americano, o a mí me lo ha parecido.

- Soy Anthony Clark – estiró su mano para coger la mía y besármela, era la primera vez en toda su vida que un hombre le besaba la mano y le encantó.

- Lola, Lola Ávila, es un placer, ¿cree que alguien nos echará de menos?, no tengo cobertura y no puedo avisar, estaba nerviosa siempre había sido excesivamente cumplidora y no le gustaba no poder avisar a nadie.

- Bueno quizás si, a mí me esperaban y la persona para la que usted trabaja seguramente también, si usted fuese mi assistant yo la estaría echando de menos - ¿perdón? ¿se podía ser más amable?

El ascensor arrancó y empezó a bajar muy lentamente, los dos se quedaron callados mirándose.

- ¿No le parece que han arreglado este trasto demasiado rápido? Estaba muy a gusto hablando con usted, ¿quiere que comamos juntos? – no perdía el tiempo.

- ¿Hoy? Bueno será un placer – no tenían mucho tiempo antes de llegar así que se tiró a la piscina, aquél hombre le gustaba desde el primer momento en que lo vio.

El ascensor no tuvo piedad.

- Primera


28 de enero de 2018

PAREDES




- ¿Señora de que color quiere que le pintemos las paredes?

- Pues blancas lo quiero todo blanco – siempre he pensado que el color blanco es el más limpio para estos casos.

- Perfecto, empezaremos mañana hoy iré a comprar todo el material y mañana a las ocho de la mañana estoy aquí.

- Gracias

Siempre he sido una mujer de pocas palabras, el propietario de la casa me dio la opción de escoger, si pintaba yo dos meses de carencia y si no empezaba a pagar desde el primer mes. Me pareció un trato justo. Y como tenía claro que no quería florituras en las paredes pues tuve claro que trato hacer.

Es la tercera vez que me mudo este año, tengo una misión que cumplir y hasta que no la concluya me tendré que mudar unas cuantas veces más. Soy viuda, mi marido era policía, le mataron cuando quiso ser más listo que el último hombre al que tuvo que detener. Y no contentos con eso mataron a mis dos hijos, así porque si, por quitar dos vidas inocentes, así que como a mí ya no me queda otra cosa en la vida más que la sed de venganza pues en eso estoy.

De momento he matado a tres hombres de la banda que asesinó a mi familia, soy lo que se podría decir una asesina en serie, tras los múltiples asesinatos investigué todo lo que pude sobre esa gente, para ello me tuve que tirar a medio cuerpo de policía de Nueva York, la pobre viuda me llamaban, pero a mí ya todo me da igual, y fueron polvos bien invertidos conseguí los nombres de todos los integrantes de la banda, traficantes de droga, se encuentran dispersos por todo el país de ahí las mudanzas.

Mi móvil es muy sencillo, llego a la ciudad, alquilo una casa, la pinto de blanco, me acerco a la gente del pueblo, aprendo movimientos, y en cuánto localizo a mi presa me la ligo, la seduzco y cuando viene a casa la mato, siempre del mismo modo, se desangran y yo pinto las blancas paredes con su sangre, en ellas escribo cosas que mis hijos me decían, palabras que no sabían pronunciar, recuerdos de cuando eran pequeñitos y eso me consuela. Hago un bien a la comunidad, quito de la circulación un traficante.

¿Qué porqué no me pillan? Pues porque soy discreta, no hago mucho ruido, todos los hombres a los que he matado están casados así que como hay pruebas claras de que estaban con otra mujer en la cama los de su banda prefieren no hacer mucho ruido, el tema es el siguiente, yo lo mato durante el acto, después pinto las paredes, recojo mis cosas y justo antes de salir, hago una llamada desde el teléfono del muerto a algún miembro de su banda, y ellos se encargan de hacer desaparecer el cuerpo, pintan las paredes y yo mientras ya estoy buscando a mi próxima victima. Llamo al casero y le digo que me he tenido que marchar precipitadamente, le pago un mes más por las molestias y todos contentos.

Me doy cuenta de que cada vez corro más riesgos y de que algún día me pillaran pero no tengo miedo, en realidad me da igual vivir o morir así que hasta que pueda seguiré limpiando la capa de la tierra de escoria y cuando muera me reuniré con mi familia en una bonita casa en el cielo con todas las paredes blancas.